domingo, 24 de febrero de 2013

Para los montes...

Te vemos en las barcas de los lagos.
En pueblos y ciudades.
Vas de la sinagoga a los hogares.
Del sol de los desiertos al brocal de los pozos.
Del mar a las orillas.
De una vereda a otra.
Atravesando campos espigados.
Te vemos andariego y, sin embargo,
parece que naciste, Señor,
para los montes.

Naciste para Luz y para Cruz.
Tu huella en el Tabor y en el Calvario.
Honda belleza en ti transfigurado.
Honda belleza en ti desfigurado.
Quisiste ser ungido de perfume
para bajar a siervo de lebrillo.
Te diste como agua de Sicar.
Te diste como fuente del costado.
Naciste para dulce vino de Caná.
Naciste para amargo cáliz de Cenáculo.
En todo estás.
En blancas vestiduras y en cuerpo despojado.
Naciste, Señor, para llevarnos
en todo
al monte de tu mano.

Y nosotros torpes y perdidos.
Creemos que eres Tú si resplandeces.
Creemos que no estás cuando hay dolor.
En el Tabor, dormidos; en el Huerto, dormidos.
Cegados por la Luz. Cegados por la Cruz.
Desbaratados.
No sabemos mirar cuando refulges,
no sabemos mirar cuando más sufres.
No sabemos mirar y, sin embargo,
parece que naciste, Señor,
para los montes.
No te cansas de andar enhiesto hacia lo alto,
de escalar al Tabor,
de enramarte al Calvario.
De mostrarnos tu rostro,
traslúcido del Padre.
De mostrarnos tu cuerpo,
trascendido de Espíritu.
De llamarnos al tiempo
con júbilo y con llanto.
Para volver los ojos
-¡para volver la vida!-
a tu Amor encumbrado.

Subamos al Tabor para amar el Calvario.
Subamos al Calvario para amar el Tabor.
Miremos al que alumbra en el que traspasaron.
Luz de Luz.
Cruz de Cruz.
Amor de todo Amor.

Amén.

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