domingo, 3 de marzo de 2013

Servir desmoronado...



En medio de esta viña en que me encuentro
me descubro, Señor, higuera seca.
Sé que Tú me plantaste con esmero,
sé que pacientemente me has cuidado,
que has esperado años a mi vera
y me has podado,
soñando verme un día verdecido.
Pero fuera el invierno no se ha ido
-quizá nunca se vaya-
y no logro arrancarme las perezas,
los pesares,
y cubrirme de yemas y de brotes
que den paso a las brevas de la fe.

Hoy has vuelto a esta viña de tus manos,
me has mirado, Señor, entristecido
y he querido aprender a retoñar.
Pero fuera el invierno no se ha ido
y mi savia no corre con frescura.
Tú me ves árbol verde,
árbol cuajado,
vástago firme, tallo en plenitud.
Yo me siento, Señor, higuera seca.
Tú me sueñas tan alto,
yo me duermo sin sueños.
Tú no puedes salvarme
sin mí
por mucho que me quieras:
esta dura corteza que me encubre
sólo puede quebrarla el corazón.


Si regresas mañana a visitarme
y no hay higos, Señor, entre mis ramas,
¡préndeme presuroso con tu fuego!
Hazme leña de hogar,
calor de hoguera.
Si no puedo ofrecerme enfrutecido
quizá pueda servir desmoronado.
Zarza que no se agota
porque tuya es la llama.
Tronco ardido por ti
contra el gélido invierno,
despojado de mí
para alumbrar.

Seré, Señor, madera consumida,
madera caldeada en tu paciente Amor.
Esperaré sin tiempo, vuelto en brasas,
esperaré el milagro encandecido,
me dejaré cambiar.
No verán ya mis ramas el clarear de mayo,
quedarán los rescoldos en la lumbre de enero,
pero al llegar abril
regresaré a los campos,
me esparciré en la tierra
como don.
Me volveré ceniza
al pie de otras higueras
por las que sí vendrá la primavera.


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