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domingo, 20 de abril de 2014

A mi resurrección...


Como el niño rendido tras el llanto
en los brazos eternos de su madre.
Oye latir la vida y se sonríe,
pues bien conoce el centro del amor.
Y todo en derredor es luz serena,
cálida luz de hoguera,
cruz ardida.
Rendido por tu amor,
la luz avanza
de tu pecho a mi rostro, de tu pecho
todo tu pecho, entero derramado,
todo entregado
a mi resurrección.

Amén.



domingo, 6 de abril de 2014

¡Cómo lo quería!


En el postrer instante del camino
-los ojos ya dormidos para siempre-,
cuando vengas, Señor,
cuando regreses,
inclinando tu rostro sobre el mío,
nadie sabrá del mar llegando hasta tus ojos,
nadie del corazón estremecido.

Todos se irán,
todo se habrá rendido:
me mirarás despacio,
te quedarás conmigo,
para este seco sol traerás la brisa,
recogerás en ramo
mis noches
 y mis días.

Y nadie escuchará tus labios entreabiertos,
tu entraña agradecida
y ese cálido aliento enamorado,
último don
para mi pobre vida:
"¡Aquí mi amigo, Padre,
cómo lo quería...!"






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domingo, 30 de marzo de 2014

Los ojos en tus ojos

"...formases de repente
los ojos deseados
que tengo en mis entrañas dibujados..."
(S. Juan de la Cruz)


Como amanece el niño al gesto de su madre
y ve por fin el rostro que ansiaba en las entrañas,
abro estos ojos míos, la vida inaugurando,
el color, las formas, la luz, el universo,
y tu rostro por fin,
tu rostro, Señor mío,
las manos que han traído la claridad del día,
la faz que me ha encendido de alegría.

Los ojos condenados, que ya nadie veía,
los ojos que han nacido de tus dedos.
Los ojos antes hueros, ahora bendecidos
con savia de tus labios,
con barro del camino,
con tu fe en mi bondad,
con mi fe en tu cariño.
Los ojos en tus ojos verdecidos.

Como contempla el niño el brillo
en la mirada inmensa de su madre,
la inclinación amable de los senos,
las mejillas granadas,
el mechón desgarbado de su pelo,
las arrugas que surca la emoción,
la sonrisa que a tientas intuía,
que en el oscuro vientre imaginaba
y que ahora a plena luz le alcanza con su dicha,
a plena luz del día…
Así mis ojos, Cristo, así mi corazón,
hacia tu Vida.


Para este pecador ya nada es virgen;
nada yermo para este pobre herido,
para este ciego inútil, ciego desde la cuna,
huérfano de paisaje, sediento de semblante,
desahuciado de mar, de mundo,
de hermosura.
Roto por el desprecio de los muchos,
devuelto a la salud por un amigo.

En la noche creí que Tú podrías.
En la noche creíste que vería.
En tierra me creaste, Señor;
en barro me salvaste.
Me diste a luz, con tu mirar me alzaste.
Me amaste como niño nacido con el sol,
a tu rostro venido…

En la Luz te confieso,
a tu Luz me rindo agradecido.
Amén.



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domingo, 26 de enero de 2014

Sol de mediodía



Pronto empezó a brillar tu luz, Señor,
Sol de mediodía.
Aquella luz manada del portal,
crecida en el hogar,
luz de las gentes.
Y pronto se escapó por las ventanas
en busca de los pueblos,
sedienta de caminos.
A orilla de los mares llegó tu luz, Señor,
al borde los lagos.
Al pie de las colinas,
entre campos de olivos.
En la regia ciudad,
en el rincón perdido.
En medio del oficio y la faena,
en el brocal del pozo
y en la arena.

El Sol de mediodía hoy ha arribado,
cruzando el tiempo eterno,
brincando por los siglos.
Has venido, Jesús, hoy has venido.
Señor de toda luz. Luz en camino.
No hay orilla ni lago. No hay monte. No hay aprisco.
No hay ciudad ni rincón.
No hay redes.
No hay olivos.
No hay nada que detenga tu designio,
tus ojos encendidos en los míos.

Y abandonar la barca cotidiana,
el aparejo viejo y conocido,
estas aguas de siempre,
este lebrillo.
El tímido candil para mis noches
y todo lo aprendido.
Y abrazar la esperanza 
de una luz para siempre,
de tu Luz para siempre
en mi talega.
Como sendero raso,
como mantel tendido,
como sol en cascada
por los riscos.
Como luz que se asoma
por todas las riberas.
Me llamas en el sol, Señor;
en sol te llegas.
¡En la redonda luz de tu presencia,
lleva mi corazón por tu alegría,
mi amor por tus veredas!

Amén.



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domingo, 12 de enero de 2014

¡Si me encontrases!



¡Oh, Señor, Señor, si me encontrases,
si de nuevo bajaras a los ríos,
si cruzases los cielos con tu voz,
la tierra con tus pasos!
¡Si cayeran estrellas sobre mí,
deshecho de ternura el firmamento!
¡Si atravesaras todo, si vinieras,
si me amaras allí donde me muero!
¡Oh, Señor, si abrieses los celajes,
si con tu voz las nubes disipases,
si rasgases el cielo y te agachases!
¡Si el agua de mi arroyo, como entonces,
te viera remansarte aquí en su cauce!

¡Oh, Señor, Señor, si te encontrase,
si hallara cada cual su Juan y su Jordán!
¡Si me ungieras, Señor, si descendieras!
¡Si tuviera a mi vera cada día
el amigo que en Dios me sumergiese!
—¡Oh, Señor, si aquel amigo fueras!—.
¡Si me llevaras, Señor, por tus veredas!
¡Si supiera al albor de la jornada
el don y la misión que a mí me ofreces!
—¡Oh, si Tú, Señor, mi misión fueras!—.


La muerte de las aguas caudalosas
enreda nuestros pies y nos arrastra.
¡Oh, Señor, tu gracia por el río
hace correr la Vida en abundancia!

Como voz que nos ama en su descenso,
que el agua se derrame en nuestro cuerpo.
Como impulso que empuja a los desiertos,
que vuele nuestra entrega y nuestro sueño.

¡Oh, Señor, Señor, si me encontrases,
si de nuevo bajaras a los ríos,
las aguas estancadas danzarían,
brincarían de amor los manantiales!

Amén.





domingo, 29 de diciembre de 2013

¡Feliz 2014!



Estrella del mar.
Reina de la mañana.
Madre de la esperanza.
Mujer de la paz.

Guía al puerto este bajel,
a la luz todas las noches,
al sol los muchos sueños,
los pesares al sosiego.

En ti ponemos nuestros días
-ramillete de dones-:
llévanos a tu Hijo
-don de todo don-.

Amén.



Huye y vuelve...

«Levántate, coge al niño y huye».
Huye de la guerra, del tirano,
del rencor tanto tiempo alimentado.
Huye de las tinieblas y del miedo,
del espanto de no ver al hermano,
de la injusticia ciega,
del dolor evitable,
de la envidia y el tedio,
de la tristeza vana.
Huye de la derrota,
de la esperanza coja,
de la sonrisa rota,
de la falta de fe.

«Levántate, coge al niño y vuelve».
Vuelve a la paz y a la alegría,
al perdón entregado firmemente.
Vuelve a la tierra del pan y la promesa,
al afable cuidado del hermano,
a mirar por el otro,
a nacer para Dios,
a servir para todos.
Vuelve al portal de la vida estrenada,
al zurrón abierto y a la ofrenda pronta,
al deseo encarnado y la cara encendida,
a buscar las estrellas,
al hogar de la fe.

Susurro que José escuchó en la noche,
duermevela en que nos llega tu voz iluminada:
«Levántate del sueño y los pesares,
coge al niño en tus brazos, acrece el corazón,
huye del odio, del muro y la trinchera,
vuelve, romero, al gozo y al Amor».

Amén.