domingo, 11 de noviembre de 2012

Y se entregó del todo...



Algo de harina en la orza;
aceite en la alcuza.
Pero nada sonaba en sus bolsillos.

Iban y venían.
Baile de ropajes y monedas.
Ofrendas y cumplidos.

Él sentado.
Lucidez y bondad en sus ojos.
Ella discreta. Él la miró.

Quizá lloraba.
Quizá todo se precipitara
y se rompiera sin remedio,
como el metal traicionero
cae en el cepillo.
Quizá protestara por dentro.
Quizá maldijera aquel tributo
que sin mirarla a los ojos
venía a devorarla.

Pero amaba al Señor.
Y le llevó su ofrenda.
Se la vio de negro
entre túnicas púrpuras,
sobria y decidida
a pesar del dolor.
En su gesto valiente
temblaron los cimientos.
La mucha injusticia se tornó virtud;
dádiva, el gran escándalo.
Descubrió el bosque más allá del árbol,
al Padre más acá del cepillo.

Y se entregó del todo.
Cargó fardos ajenos,
sufrió penas de más.
Pero nada en el mundo consiguió disuadirla. 
Ni siquiera el hambre frenó el vuelo del óbolo,
como no pudo el templo apartarla de Dios.
Nada le impidió ofrecerse del todo,
postrarse por entero ante el Amor eterno,
dejar su vida en manos
del Todogeneroso.


Nadie miró su traje oscuro.
Nadie escuchó su exigua ofrenda.
Sólo él supo verla.
Él, que estaba sentado...
Dolido y conmovido ponderó su moneda
y no encontró ninguna con tan alto valor.
Supo que aquel momento la orza rebosaba,
la vasija quedó colmada para siempre.

Dicen quienes le vieron
que recordó a la viuda
cuando llevó su ofrenda
desnuda
al enhiesto cepillo del Calvario:
abrazado al óbolo de madera
quiso hundirlo del todo en nuestra tierra.
Los clavos traspasaron la alcuza del aceite,
la entrega sin medida
todo lo desbordó.




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