sábado, 16 de abril de 2011

Misioneros aPASIÓNados...

     Comienza la Semana Santa. En muchos sentidos, estos días se convierten para esta comunidad en los más intensos del año. Por toda la densidad de que están preñados y por cómo tratamos de vivirlos por dentro y por fuera. Esta joven comunidad de jóvenes aprendices de misioneros se abre, se dispersa, se esponja, se entrega, se multiplica. Y, a la vez, se interioriza, se reune, se concentra, se cuida, se unifica. Reegan, Gilles y Didier vivirán estos días como misioneros en algunos pequeños pueblos de Segovia, tratando de animar las celebraciones y la vida de los mismos con un grupo de jóvenes laicos. Franklin, Emmanuel, Peter, Gabriel y Denis participarán -también con algunos laicos- en una Pascua contemplativa, tratando de entrar en la adoración de los misterios de Dios a través de la mirada interior y el silencio. Paul Peter y Michael han viajado como misioneros al Reino Unido para pasar estos días con los claretianos que serán sus hermanos de vida y misión en un futuro cercano. Iñaki, Ephrem, Yohanes, Anthony, Josep, Joan, Benjitu y Adri compartirán estos momentos como misioneros con jóvenes de diferentes partes de España, deseando contagiar la alegría de la vivencia auténtica de la fe a las nuevas generaciones. Dion animará como misionero las celebraciones en nuestra iglesia, aquí en Colmenar Viejo. Todos en misión y cada misión de todos... Que el Jesús de los ramos, del cenáculo, del huerto, del camino, de la Cruz y del sepulcro vacío nos acompañe y nos ayude a ser sus testigos desde lo más hondo de cada una de nuestras vidas y desde lo más profundo de nuestra comunidad misionera.

     Deseamos que esta Semana Santa se encienda de nuevo en cada hombre el fuego del Amor de Dios y que podamos ser como estas vidrieras, transparentadas de Cristo y abiertas al mundo, a la gente, al cada día. Que este hermoso poema que ahora compartimos sintonice nuestra vida con la Palabra del Padre, el Hijo y el Espíritu. Y que ellos nos colmen de Agua Viva el Corazón. ¡Feliz Pascua! 



Amor llena mis ojos,
que con amor yo quiero mirar todas las cosas.
Yo sé que si las miro con amor resplandecen:
yo sé que si las miro con amor se me entregan.
Jamás donde hubo amor los mundos se agotaron:
jamás donde hubo amor cesaron las palomas. 


Y nunca sin amor fueron los nidos,
y si el nido no fuera la vida no sería.
¡Oh, qué gozo, los nidos, por tan desamparados!
¡Qué alegría saberlos muy cerca de nosotros,
alzándose en el alba!
¡Qué alegría saberlos! 


Iré dándote, amor, como a río invencible,
y nunca gota a gota, a manantiales.
Llegarás a lo seco:
llegarás a lo árido:
recorrerás la sed viva y eterna: 


florecerán contigo las raíces
y del surco se dará lleno de vida.
Esmaltarás la tierra ¡toda! sin mesura,
y hasta el rincón más mísero y pequeño
tendrá el amanecer que le otorgaron.

Amor llena mis ojos:
que en la inmensa amapola de tu luz me derrame
sobre el reseco nido, y así los nidos sean.

Ana Inés Bonnin Armstron
  

domingo, 10 de abril de 2011

Quinto domingo de Cuaresma

     
     Lo canta el bolero: Uno vuelve siempre a los viejos sitios donde amó la vida... Justo antes de que los judíos acordaran darle muerte, Jesús volvió a Betania. Betania era la luz del mediodía, el pan al sol, la mesa tendida, la conversación despreocupada, las manos que saben abrazar, la puerta entornada, los nombres propios... Betania eran Marta, Lázaro, y María... Les amaba. Con ese amor de la mirada que sólo tenemos con dos o tres amigos. Y quiso volver a aquel viejo sitio donde tantas veces amó la vida.

     Decían que había muerto. Decían también que podría haber hecho algo más para ayudarle. Decían que no había estado a su lado. Que no había llegado a tiempo. Que no le habían visto llorar por él. Pero nadie conocía el movimiento de su corazón, su cálida intimidad ni sus honduras. Nadie entendía que el Amor tiene otros tiempos. Y, sobre todo, nadie podía vislumbrar que en aquella casa a la que Jesús volvía habitaba desde antiguo una Vida capaz contra la muerte. Sólo él sabía que en Betania se había abierto paso un caudal de Vida que podía suavizar las asperezas de esta pobre vida que todos absolutizamos, temerosos del día en que volveremos al polvo. Jesús conocía a sus amigos. Y tenía el corazón  tan persuadido de que entre los cuatro habían aprendido a mirar al sol del mediodía que no le cabía duda: Lázaro había muerto, pero en su muerte había de brillar la luz de esta Vida nueva, el rostro de su Padre. Y quizá algunos pudieran volver la mirada a esta luz del cielo y encontrar su Betania particular a través de este acontecimiento. Por eso caminaba sereno hacia la tumba de su amigo. También hacia la suya propia...


     Para los muchos, sus palabras sonaban a reproche. Pensaban que había salido resentida en busca de Jesús, desbocada por el dolor. "Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto"... Pero en aquel encuentro estaba sucediendo el verdadero milagro: ellos, que se amaban, estaban compartiendo sus angustias. ¡Qué torpes somos en las cosas de Dios...! Pensamos que gritarle cuando nos pesa la vida es una falta de fe. Pero no fue así cuando las dos hermanas se encontraron con Jesús. Al gritarle, estaban amándose, acogiéndose, consolándose. Hay que haberse escuchado mucho y en muchas cosas pequeñas para compartir los sufrimientos con tanta desnudez, con tanto amor... Y aunque la fe de Marta necesitaba acrisolarse, como la nuestra, sus palabras estaban cargadas de una esperanza que no es de este mundo...  Estaba preparada para acoger a su Amigo en plenitud, para escuchar su voz -"Yo soy la resurrección"- y fiarse del todo, como lo habían hecho la samaritana y el ciego de Siloé. Porque Marta -la ajetreada y obtusa Marta-, amando a Jesús en su intimidad, había terminado creyendo en el corazón de Dios y, en el momento decisivo, pudo abrirse a la Vida. También Jesús, amando a sus amigos en su humanidad, terminó creyendo en el corazón de los hombres y, en el momento decisivo, pudo abrirse al Dolor. Y pudo entregar la vida hasta el llanto: en Betania, en el Huerto, y -quizá sin lágrimas- en lo alto del Madero.

     Hay que haberse escuchado mucho para confiar. Y esto es cierto también para el Jesús del llanto, siempre a los pies de su Padre, atento a su susurro. De otro modo, quizá no hubiera podido dar su vida, darnos la Vida. Pero Padre e Hijo se habían escuhado mucho y durante muchos años. Es hermoso contemplar a Jesús pronunciando quedo las palabras del salmo: "Desde lo hondo, a ti grito, Señor. Señor, escucha mi voz. Estén tus oídos atentos a la voz de mi súplica... Mi alma espera en el Señor, espera en su palabra: mi alma aguarda al Señor más que el centinela la aurora... Porque del Señor viene la misericordia..." Es hermoso pensar en Jesús ante la losa de su amigo recitando en secreto esta oración, mientras María le enjuga las lágrimas, en una escena preñada de su misterio, de sus entrañas humanas y divinas, de su intimidad con el Padre y con los hombres, de su palabra y su escucha, de su anhelo de la voluntad del cielo y de su búsqueda del bien de la tierra.


     Quizá es este el milagro. Quizá no importe tanto que Lázaro viviera unos años más en esta tierra. Ni que Jesús no pudiera volver ya nunca más a Betania. Ni que los dolores se engarcen  sin fin en esta vida como las cerezas en los cestos de nuestras abuelas. Quizá lo único que de verdad importe es que, en un viejo sitio donde amamos la vida, en el brocal de un pozo, a la vera de un camino o junto a una piscina, podemos escucharnos, fiarnos, amarnos, llorarnos... Y, a la sombra de la Cruz, Vivir para siempre en la Luz que no acaba. Lo canta el bolero: Demórate aquí, en la Luz mayor de este mediodía, donde encontrarás con el pan al sol la mesa tendida... 

sábado, 2 de abril de 2011

Cuarto domingo de Cuaresma

     
     Tuvo que dejarse hacer. Tuvo que fiarse. No le había pedido nada, ni siquiera le había sentido al pasar. No sabía quién era, no le había contado su historia, sus dolores, sus deseos, sus expectativas, sus desesperanzas... Tampoco Jesús había preguntado nada. De repente, lo notó frente a sí. El ciego extendió las manos y esperó, como tantas veces: "sea quien sea, me dará unas monedas y pasará de largo". Alzó un poco más las manos y siguió esperando. Las monedas no llegaron.

     Había nacido ciego y todos siempre le habían tratado como  a un ciego. Él mismo siempre se había visto así.  Un ciego mendiga, a un mendigo se le dan monedas. Pero... ¿Qué había visto él? Más allá de las apariencias, Jesús miraba a un hombre, contemplaba un corazón. Y él tuvo que dejarse hacer. Tuvo que fiarse. Sin decir nada, Jesús tomó tierra: era la misma tierra sobre la que el ciego estaba sentado. La misma sobre la que caminaba cada día. La insignificante tierra cotidiana en quien nadie repara. Él se agachó y tocó la tierra: tocó sin miedo la polvorienta realidad de aquel hombre. La atrajo hacia sí y escupió en ella. Unió aquella tierra con su saliva, consigo mismo. La saliva de sus besos con la suciedad de nuestro suelo. Nuestros pies con su boca. Lo mezló y lo amasó: se mezcló asumiéndonos. Cuando ya no había tierra ni saliva, cuando ya todo era barro -todo nuevo- lo acercó hasta los ojos del ciego y le tocó con suavidad y firmeza.  El ciego quedó paralizado: conocía el frío de las monedas cayendo sobre sus manos, pero nunca había sentido el calor de unos dedos sobre sus párpados. Nadie había tocado su límite, su defecto, su incapacidad, su pecado, su condena... Era como si en el barro de aquel hombre hubiera viento, como si lo arrebatará un vendaval de frescura, como si aquellos dedos estuvieran preñados de Espíritu. Le pareció que era otro; o, más bien, que comenzaba a ser él mismo. Dejó de verse  como un ciego y se atrevió a pensar que quizá fuera un hombre; que quizá hubiera sido creado, como todos, para caminar en la luz. Sin embargo, aún no había claridad en sus pupilas. Jesús lo había hecho todo, todo había partido de su querer, de sus manos: pero no era suficiente...


     Tuvo que salir de la ciudad. Tuvo que fiarse. El barro estaba ya en sus ojos, endureciéndose. Todo lo había recibido sin mérito, sin esperarlo, pero nada que no aceptemos vivamente puede salvarnos. Tuvo que creer que de aquel gesto podría nacer algo. Tuvo que fiarse. Jesús le había mandado más allá de las murallas, a la piscina de los de fuera, de los paganos. En ella el agua se movía mansamente, casi imperceptiblemente: los de dentro decían siempre que estaba completamente estancada, infecunda. Mucho más cerca, en el cogollo de la ciudad santa, había otra piscina: rodeada de cinco pórticos, suntuosa, protegida por la ley. Muchos enfermos confiaban en ella, se apiñaban a su alrededor ansiosos: esperaban que el agua se agitara estrepitosamente para lanzarse inmediatamente a ella y que se obrara el milagro,  a la vista de todos, en medio del alboroto y la vistosidad.

     Jesús quería que se bañase en la piscina de extramuros. En el fondo, le estaba pidiendo un salto de confianza. Hace un momento le había urgido a creer que del barro tosco e inútil podía nacer la luz; ahora, le invitaba a alejarse de la tentación de bañarse en la piscina de lo sobrenatural y lo fascinante para sumergirse en el agua despreciada por los muchos. En verdad, Jesús le estaba pidiendo que creyese que Dios ponía sus manos en lo perdido del mundo; que a él nunca le había asustado su pobreza; que, ante sus ojos, la ceguera no era castigo sino oportunidad: que Dios le amaba. Porque Jesús era el barro luminoso del Padre;  porque sobre el agua de Siloé sobrevolaba el Espíritu Santo... El ciego dio el salto: el Agua y la Luz lo cubrieron por completo...

     Tuvo que dejarse hacer. Tuvo que fiarse. Tuvo que salir de la ciudad. Tuvo que creer en la tierra cotidiana y en el agua inmóvil. Tuvo que pensarse más allá de su ceguera. Tuvo que arriesgarse a dejar su curación en otras manos. Tuvo que fiarse... A su alrededor, algunos quedaron perplejos, otros ya no le reconocían y muchos condenaron al que eligió lo pequeño para salvarle. Pero el ciego se abrió a la fe, se abandonó en sus palabras, se postró ante su amor. Y, como en el primer instante de un inesperado amanecer, todo en él dio a luz...  


miércoles, 30 de marzo de 2011

Una mirada hacia el cielo

     Desde este blog, los estudiantes claretianos de Colmenar queremos compartir con quienes os asomáis a nuestra casa nuestras pequeñas historias de fe y vocación. En ellas, como en las de cada hombre, siempre hay nombres y rostros singulares, personas que se han convertido en palabras de Dios para cada uno de nosotros. De entre estos nombres, algunos son claretianos que están entregando su vida a Dios y a sus hermanos. Queremos recordarles especialmente a ellos y dar gracias por la huella que han dejado en nuestro camino con su generosidad, su hondura de vida y su pasión misionera. Aquí va el primero...


P. Eduardo Monge, cmf
     Hace ya siete años. 2004. Fue mi año de Noviciado. Es un pasado que sigo llevando muy presente en mi seno vocacional. En él aprendí a descubrir el tesoro escondido en el campo de la vida religiosa. El padre Eduardo Monge, cmf fue mi maestro de novicios. Ha sido una de las personas que más me ha ayudado a echar raíces en mi recorrido vocacional. Su testimonio y su vida entera son pistas que me orientan y me infunden muchas ganas de recorrer este Camino. Él me enseñó cómo orar con el corazón, cómo trabajar, cómo acercarme a la gente sencilla (la gente del pueblo le llamaba Ama lekot - el buen padre); en una palabra, cómo convertirme en un místico en la acción. Y sobre todo me transmitió el espíritu que hace falta para buscar siempre la santidad y la gloria de Dios.
     Recuerdo que en el patio de nuestro Noviciado había un esbelto pino. El P. Edu en muchas ocasiones nos decía: los novicios deberíais aprender de este pino, que cada día crece rectamente hacia el cielo. Esta frase que llevo en el corazón me hace recordar siempre que debo crecer cada día con la mirada lanzada hacia el cielo. Todavía hoy ésta y otras experiencias que viví con él continuan ilusionándome para seguir adelante, viviendo fiel y felizmente mi vocación como un joven misionero claretiano.

Yohanes Darisalib Jeramu, cmf

Capilla del Noviciado claretiano en Benlutu (Timor - Indonesia)
 

domingo, 27 de marzo de 2011

Tercer domingo de Cuaresma

    
     Algunos textos de la Biblia nos llenan de inmediato el corazón de palabras; otros, nos lo vacían por completo de ellas. Y hay algunos que ni nos quitan ni nos ponen, sólo nos dejan de rodillas y en silencio. Así ocurre con este Jesús personal y trascendente, directo y delicado, terreno y espiritual esperándonos al borde de un pozo cualquiera en Sicar. ¿Qué decir ante un hombre que decide sentarse en los bordes de nuestras cotidianeidades, en los pozos que frecuentamos en el trajín diario tan intrascendente? ¿Cómo hablar ante un hombre que tiene una fuente en su seno y, sin embargo, se arriesga a sentarse en los bordes de tantos pozos  inciertos a los que recurrimos sin descanso, equivocadamente, para saciar nuestra sed? ¿Qué responder ante un hombre sin temores que se sienta en la frontera de nuestras enemistades y nuestras quejas para hacer de ellas el lugar de una cita íntima de Amor con el Dios vivo? Jesús, el hombre sentado al borde del pozo de todo lo vano y lo trivial de nuestro día a día para decirnos que, aunque nadie parezca esperar nada de nosotros, él acepta el agua -pobre agua- que está a nuestro alcance. Y la desea...


     Benditos bordes. Bendita paciencia. Bendito derroche. Lo banal convertido en trascendencia. Sólo alguien cómo él podía conseguirlo. Hablar con la mujer en su lenguaje, una conversación baladí, casi gris: un poco de agua, tres o cuatro preguntas sin importancia, murmuraciones de pueblos enfrentados... Y no rehuye nada, porque en todo se puede dar un salto: lo anodino es puerta de hondura. Aunque nos resistamos, aunque volvamos continuamente la mirada -tan pragmáticos como somos- del cielo a la tierra: pero si tú no tienes cubo y el pozo es  profundo... Bendita paciencia que todo lo moldea. La puerta termina por abrirse, la mujer deja el pozo de Sicar y busca en el pozo de su corazón, a cuya vera Jesús se encuentra desde el principio. Benditos bordes. Esto es lo único que pide: que le dejemos sentarse en el brocal de este otro pozo. Todo lo demás es don. Desde aquí, Jesús entra en los dolores de esta mujer de puntillas, acoge su necesidad de ser querida, su fracaso en el amor, su su historia, en su sed. Y todo se derrama. Porque no hay medida en el amor de este hombre. Porque la medida del amor es ser sin medida,  como decía aquel sabio sediento. Bendito derroche. Nunca más tendrá sed. Un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna. En espíritu y en verdad. Soy yo, el que hablo contigo. Buscábamos el agua simple de cada día: nos ha crecido una torrentera en las entrañas. Desproporcionado. Desmesurado. Puro Espíritu Santo.
     La mujer vuelve a su vida. Deja el cántaro insignificante con que pretendía abastecerse, porque se ha convertido ella misma en manantial. Y apenas dice nada. No se encierra en su casa, como todos los días: camina suavemente hacia la plaza. Los suyos ven sus ojos. Ella no es la fuente viva, pero todo en ella rebosa, se desborda. Y de este encuentro samaritano, sin más mensaje que el de un rostro de mujer, surgen otros muchos viajes hacia el pozo de Sicar, donde él nos espera...

     Dicen que Catalina de Siena llegó siglos después al pozo de su corazón. Allí había un hombre sentado en el brocal: ella empezó a hablarle de su pan de cada día, pero sus campos ya estaban dorados y escuchó estremecida: Hazte capacidad y yo seré torrente...

sábado, 19 de marzo de 2011

Segundo domingo de Cuaresma


     Hay que cambiar la mirada. Cada vez lo veo con mayor claridad. Porque con la mirada simplemente humana somos demasiado torpes. Cuando escucho a Pedro mientras camina con Jesús y éste le anuncia que tiene que sufrir y morir, parece que me estoy escuchando a mí mismo en tantas ocasiones: ¡No, Señor, no te ocurrirá a ti eso! No tenemos por qué pasar por esta dificultad, hay que evitar el dolor a toda costa... Cuando le escucho en el monte Tabor, cegado por la luz que irradia Jesús, parece que me estoy oyendo a mí mismo en tantos momentos: Señor, ¡qué bien se está aquí, hagamos tres tiendas. Quedémonos un rato más disfrutando. Que no se acabe lo bueno. Lo importante es ser feliz... Porque todo lo medimos según nos parece, sin trascenderlo: hay cosas buenas y cosas malas, alegría y dolor, cosas que se pierden y cosas que se ganan, momentos de brillo y momentos de sombra... ¿Y si no todo fuera tan simple como nosotros lo vemos...?

     Jesús nos da -a Pedro, a ti, a mí, a todos- una luz y una escalera. La luz es su rostro mismo: su mirada confiada, su sonrisa perenne. Sencillamente, nos ofrece "estar con Él". Entrar en la espesura de lo que somos, porque su luz ya nos está iluminando. El monte Tabor está cerca y dentro de nosotros: subir a ese monte de vez en cuando y descansar vuelve la vida luminosa, la transfigura. Desde él, se desbaratan las antiguas perspectivas, nos hacemos conscientes de la grandeza que supone ser hijos amados de Dios, como el mismo Jesús. Y el mundo se vuelve una gran ventana abierta de par en par... La escalera es una petición. La de que hagamos el esfuerzo continuo de confiar en que el monte Tabor y el monte Calvario no son cosas tan distintas. La de subir y bajar, saltar, tropezar, sudar, caernos... Hasta comprender que no tiene sentido ver los acontecimientos como "buenos" y "malos". Que Dios es el mismo en la Cruz y en la Luz. Que hay una escalera entre el cielo y la tierra, entre nuestra mirada y la del Padre, y hay que transitarla mucho para aprender a contemplarlo todo con Sus ojos, para empezar a vivir el dolor y la alegría como una misma gracia que nos viene de sus manos.
     
     Esta es la paradójica propuesta del Cristo que camina hacia la Pascua: una luz y una escalera. Y mucha fe para ir dejando que todo se nos muestre como es para el Padre: como entramado de Amor, como puerta de Esperanza, como posibilidad de Vida, y Vida en abundancia...

No un cura más...



     19 de marzo. Solemnidad de S. José. Día del seminario. Es fiesta en los seminarios diocesanos de toda España y también en nuestra casa. Muchos de nosotros, religiosos jóvenes en formación, tenemos vocación al sacerdocio. Por eso, hoy es un buen día para dar gracias por este don. Y también para recordar que para nosotros ser sacerdote tiene algunas peculiaridades que enriquecen mucho la vivencia vocacional. Porque un claretiano no es un cura más. Siendo sacerdote, sigue viviendo la espiritualidad propia de la vida religiosa y de nuestra Congregación. Siendo sacerdote, en su entrega y su servicio concreto sigue teniendo miras universales, misioneras, sin fronteras. Siendo sacerdote, no olvida que está llamado a vivir la comunión con la Iglesia y la vida compartida en una comunidad particular, como testimonio de fraternidad -tan propio de la vida auténticamente religiosa-. Siendo sacerdote, no abandona la necesidad de hacer de su decir y su obrar una profecía creíble y creativa en medio del mundo en que vive, sin nostalgias ni estancamientos, sin incoherencias ni temores. Siendo sacerdote, cree profundamente que la oración es la mayor fuerza que tenemos los cristianos. Siendo sacerdote, se hace servidor, porque sigue ardiendo en su corazón la llamada primera del Amor, porque no hay nada más grande que ver crecer entre las manos esta pasión por Dios, que es pasión por la humanidad...

    Ojalá todas estas palabras sean pequeñas verdades de nuestra vida cotidiana, mientras vamos creciendo en amor y entrega: bendecidos por Dios, bendición para todos...




Quiero ser pastor
que vele por los suyos;
árbol frondoso
que dé sombra al cansado;
fuente donde
beba el sediento.
Quiero ser canción
que inunde los silencios;
libro que descubra
horizontes remotos;
poema que deshiele
un corazón frío;
papel donde se pueda
escribir una historia.
Quiero ser risa
en los espacios tristes
y semilla que prende
en el terreno yermo.
Ser carta de amor para el solitario
y grito fuerte para el sordo...

Pastor, árbol o fuente,
canción, libro o poema...
Papel, risa, grito, carta, semilla...
Lo que tú quieras, lo que tú pidas,
lo que tú sueñes, Señor...
eso quiero ser.

José Mª Rodríguez Olaizola, sj


PD.: Hoy se ha ordenado sacerdote el claretiano Manuel Ogalla, cmf, en nuestra parroquia de Sevilla. Aprovechamos para felicitarle y deserale una vida como él mismo describe en la tarjeta de invitación a la ordenación: "Una vida sin desperdicio: reservado para estar atento a las voces del mundo porque son la voz de Jesucristo, reservado para gritar la Buena Noticia, reservado para tocar el corazon de cada hombre, reservado para compartir (que ninguno pase necesidad), reservado para vivir de rodillas con los últimos, reservado para ir por todo el mundo dando la vida... Un corazón reservado para lo que Dios quiera". Que así sea, Manuel...

sábado, 12 de marzo de 2011

Primer domingo de Cuaresma


     Jesús acaba de escuchar en su bautismo las palabras más hondas de su vida: Tú eres mi hijo amado, en ti me complazco. Inmediatamente después, se marcha a la soledad sonora del desierto. Porque las palabras más importantes de nuestra vida merecen un espacio y un tiempo para ser acogidas -con asombro, con gratitud, con alegría- en el corazón de nuestra interioridad.
     De lo alto viene la voz que nos dice Tú eres mi amado. Pero también de arriba nos llueven sin cesar apetecibles manzanas: su aspecto es casi irresistible, su sabor nos deja insatisfechos. Tú y yo sabemos cuáles son las manzanas que nos tientan. Y quizá sintamos que en la vida diaria nos abruman.

    
     Necesitamos lucidez, serenidad, honestidad: aprender a reconocer con qué manzanas estamos engañando tanto hambre como tenemos, atrevernos a saborear en lo más íntimo lo único que de verdad nos sacia. Y orientar desde ello nuestras aspiraciones, nuestras relaciones, nuestra vida. Necesitamos llenarnos de desierto para sentir el sol del Amor de Dios, que tantos manzanos nos ocultan...
     Quizá, como Jesús, sintamos hambre. Quizá, en soledad, las manzanas se nos antojen aún más sabrosas. Pero sólo en la anchura del desierto -siempre  abierto al cielo que vela por nosotros- descubrimos que Alguien nos tiende una mano llena de Pan y nos muestra otros rostros para quienes hay que empezar a preparar la Mesa... 

miércoles, 9 de marzo de 2011

tus manos en Cuaresma...

vivir para siempre

Persigue tus sueños.Cada minuto cuenta
     Sí... Un año más, ha comenzado la Cuaresma. Esta tarde, en nuestra iglesia de Colmenar Viejo, los estudiantes claretianos hemos recibido la ceniza como pistoletazo de salida de este camino hermoso (¡quién dijo que la Cuaresma es triste!) hacia las profundidades del Amor, del Dolor, de la Vida.  Allí donde te encuentres también tienes la oportunidad de recomenzar el camino para vivir más acompasado con el ritmo de Dios, para aprender a "vivir para siempre". Precisamente por eso te proponemos empezar esta Cuaresma con una película impactante, llena de posibilidades para cualquier corazón que esté en búsqueda.

     Basada en el libro Esto no es justo, de Shally Nichols, Vivir para siempre cuenta la historia de una enfermedad que terminará en la muerte. El camino de la Cuaresma está todo él orientado a hacernos crisitianos más profundos y más entregados, a dirigirnos a la Cruz, a mirar de frente el dolor y descubrir en él las semillas de la Vida verdadera. También en esta película todo se dirige al sufrimiento, pero para descubrir lo que en él nos permite alzarnos y conquistar la Vida. Fresca, divertida, original, sin sentimentalismos (y ya es difícil, con el tema que trata...), esta peli nos invita a traspasar el dolor (el nuestro, el de cada uno y el de nuestro mundo), a vivir intensamente el presente y a crecer en la esperanza. El proceso en el que se embarcan el protagonista y quienes le rodean tienen mucho que ver con la Cuaresma, con vivir desde lo hondo, con descubrir el sentido de la vida, con seguir a Jesucristo, con contemplar una Cruz preñada de Luz... ¡No te la pierdas!


miércoles, 2 de marzo de 2011

el buen carácter...

     Hoy los claretianos recordamos al P. Martín Alsina Sevarroja. Superior general de nuestra congregación a comienzos del siglo XX, la impulsó y animó durante casi dieciséis años. Fue un infatigable visitador de sus hermanos, al estilo de los apóstoles, que se sostenían unos a otros en la tarea misionera.


     De entre todos sus escritos, algunos siguen siendo especialmente acertados para nosotros, que tratamos de vivir día a día como auténticos misioneros. Y creemos que pueden servir también a aquellos que intentéis vivir a fondo vuestra fe:
     «El misionero, para ser de provecho para sí y para los que vivan con él y para aquellos a quienes sea enviado a ejercer los sagrados ministerios, debe ser de carácter generoso, afable, sufrido, sincero, reflexivo, formal, bondadoso, constante, ecuánime, compasivo, indulgente, social... El estar en posesión de un tal carácter es para el misionero poseer el mayor tesoro, es poseer la verdadera libertad moral, es conseguir la mayor independencia racional, es la más firme paz espiritual, es la mayor perfección de la personalidad del misionero, es ser apto para hacerse todo para todos, a fin de ganar a todo el mundo para Jesucristo, conforme se hacía el Apóstol».

     
     Los estudiantes claretianos de Colmenar Viejo queremos mirarnos hoy en el espejo que propone el P. Martín Alsina: hoy también necesitamos dar lo que tenemos en el día a día sin quejas egoístas, aceptar con buen carácter los contratiempos, no caminar a tontas y a locas, crecer en la perseverancia (¡que tanto nos cuesta!) y, especialmente, tratar de ser cada vez más misericordiosos con todos los hombres, los de cerca y los de lejos. En una palabra, ir avanzando, con la ayuda del Espíritu, en el camino del Amor... Sabiendo que la meta no es ser perfectos, sino aprender a amar: y amar, aunque nos cueste aceptarlo, no siempre es acertar...
     Y en todo, con el ejemplo de María: la mujer que mejor entendió qué estaba en juego en el seguimiento de Jesús:
     «Y bien hará el Misionero que tome a María, nuestra dulce Madre, como base y ejemplar de su formación espiritual, para con más suavidad y eficacia copiar en sí la imagen de Jesús y vivir la vida misma de Jesús, hasta poder decir como el Apóstol: Vivo, ya no yo, sino Cristo vive en mí».


miércoles, 23 de febrero de 2011

tuencasa


Orar es estar en la presencia de Dios con las manos y el corazón abiertos
     
     Ayer tuvimos retiro. En nuestra comunidad, todos los meses dedicamos un día a desconectar de la rutina cotidiana y hacer silencio, para que todo lo que vamos viviendo tenga su tiempo de reposo y de calado en Dios.  Así nos lo proponen a todos los claretianos nuestras Constituciones, un librito que recoge nuestro programa de vida, del que os hablaremos en más de una ocasión. Esta vez, el retiro fue una oportunidad para repasar nuestro itinerario de oración. Entre otras cosas, pudimos dar gracias a Dios por las personas que nos han enseñado a orar a lo largo de nuestra vida. Nos ayudó para ello asomarnos a algunos textos de distintos autores que tratan de ponernos en la sintonía de la auténtica oración, como los que transcribimos aquí:
 
     «Mi oración debe estar integrada en la vida. Vida y oración no son dos realidades paralelas que transcurren la una al lado de la otra. Ni mucho menos contrapuestas» (R. Bohigues) .
 

lunes, 21 de febrero de 2011

¡Gracias!

    Tan solo llevamos unos días embarcados en este proyecto y ya hemos recibido una calurosa bienvenida a la red de vuestra parte. Siempre es hermoso compartirse, pero lo es aún más cuando lo compartido tiene eco en otras vidas. Así que muchas gracias a todos, a los que ya nos habéis visitado y a los que quedan por asomarse a la ventana de nuestra casa... ¡Y a los que volveréis tantas veces para acompañarnos en esta aventura!

    Os recordamos que hemos publicado hasta ahora varias entradas. No dejéis de echarles un vistazo:
tuenmedio: nuestra bienvenida...
¿por qué tú no?: porque preguntarse nunca está de más...
tuenClaret: la historia vocacional de Claret paso a paso, porque él también tuvo que encontrar su camino...
Gran Torino: una película que no te puedes perder...
tuenpalabras: poesía para acercarse al misterio de vivir y de creer...
tuenrostros: la historia vocacional de Ephrem, la primera de tantas que vendrán, porque todos nosotros tenemos la nuestra...
tuenvidas: la de Mariano Avellana, la primera de muchos claretianos de ayer y de hoy que os iremos presentando poco a poco...

Luis Ángel, Adri y Dion, tras tres o cuatro fotos fallidas
     Y, por último, unas cuantas fotos. El sábado día 12 salimos de excursión a Cuenca, para pasar un día de convivencia y de relax después de tres semanas de exámenes. Aquí tenéis algunos de los momentos que compartimos en una ciudad realmente bonita...

Benjitu, haciendo amigos...
Dion, Peter, Benjitu y Gilles

domingo, 13 de febrero de 2011

tuenmedio

     Con el deseo de compartir la vida de la comunidad formativa de Colmenar Viejo, sale a la luz este sencillo «blog vocacional». Palabras e imágenes que envuelven una sencilla y profunda vida de respuesta a la llamada de Dios. Palabras e imágenes que fijan su atención en la razón de nuestro ser y hacer, Cristo el Señor. Palabras e imágenes que nos invitan a descubrir cómo remar mar adentro, confiados en su Palabra, esperanzados en su Madre y nuestra Madre, impulsados por su Caridad y su Espíritu para llegar y servir a quienes más necesiten. Que estas páginas, querido lector, querida lectora, te sirvan también a ti para experimentar el gozo del descubrimiento vocacional de tu vida cristiana. El tesoro evangélico que estos misioneros claretianos en formación han descubierto, es para compartirlo y multiplicarlo como Dios quiera regalárselo a cada persona.

Luis Ángel de las Heras, cmf


De arriba abajo y de izquierda a derecha: Denis (Rusia), Adrián (Segovia), Emmanuel (Nigeria), Joan (Tarragona), Franklin (Nigeria), Dion (Indonesia), Josep (Gerona), Ephrem (Congo), Reegan (India), Anthony, Michael (Nigeria), Yohanes, Benjitu (Indonesia), Didier (Congo), Gabriel (Vietnam), Gilles (Camerún), Peter (Vietnam) e Iñaki (Bilbao)



¿por qué tú no?