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domingo, 31 de marzo de 2013

domingo, 17 de marzo de 2013

Se les abrieron las manos...


Se les abrieron las manos.
Desanudaron los dedos.
Se deshicieron los odios al escuchar tus palabras.
Quedaron en tristeza.

Se les abrieron las manos.
Se desplomaron las piedras.
Se les ahogaron las iras al comprender su miseria.
Quedaron cabizbajos.

Se les abrieron las manos
porque les conociste.
Porque les devolviste, Señor, a su verdad.
Y, desde su verdad,
¿quién puede condenar?
¿Quién puede alzarse altivo?
¿Quién juzgar?

Se les abrieron las manos, Señor,
y, sin embargo,
ninguno se quedó para llorarte,
para pedir perdón
o reparar su daño.
Les pudo la vergüenza del pecado,
les aplastó la losa de Caín.



Señor,
yo muestro audaz al mundo
mis manos liberadas
mientras, en lo secreto, poco a poco,
voy empedrando airado mis bolsillos.
Hay demasiadas vigas en mis ojos,
demasiado rencor en mis silencios.

Incluso en el amor
cuesta ver al hermano:
es imposible verle
si se olvida el amor.
Yo quisiera decir
que me abriste las manos,
me mostraste mis culpas
y entendí mis abismos.
Pero también quisiera, Señor,
-¡cómo quisiera!-
que me abrieras los ojos
para no escabullirme,
para reconocerte,
para volverme a Dios.
Que me dejaras verte,
la mirada sin velos.
Saberte compasivo,
saberte arrodillado.
Creer que, si te encuentro,
está cerca el perdón.

Que me quisieras tanto
que sólo quepa amar.

Quizá un día tu voz abra al viento mis manos.
Quizá un día tu sol abra al amor mis ojos.
Quizá un día tu luz nos haga ver la Luz.




Lee aquí las lecturas del domingo...

domingo, 10 de marzo de 2013

Volver...


Sales cada mañana al umbral de tu casa.
Oteas el horizonte aguardando a tus hijos.
Añoras al menor...
          Se fue, insensato, despreciando tu gracia.
Añoras al mayor...
          Salió, diligente, para sembrar tus prados,
          mas también vive lejos, muy lejos,
          mora perdido:
          el corazón ajeno, el rostro altivo,
          más allá de tu amparo,
          de tu abrigo.
A los dos los esperas con tu abrazo...
          Nos esperas.

Quizá yo vuelva roto de un país lejano.
Quizá venga soberbio de roturar tus campos.
El mismo soy, aquí me encuentro.
El dolor y el amor de vivir
me han traído hasta ti,
hasta tu nido,
          al calor de tu casa,
          al albor de tus besos,
          al primer fulgor del amor rendido.

Quizá sí.
Quizá estemos volviendo.

Quizá vivir no es irse, no es marcharse,
no es andar ¡decidido! hacia delante,
dejando todo, todos a la espalda.
Quizá estemos volviendo,
desde siempre...
Quién lo sabe...

Regreso a nuestra patria,
          a nuestro puerto,
          a lo que conocemos.
Retorno a nuestra tierra,
          a nuestro suelo,
          a lo que ya sabemos.
Pero volviendo siempre
          sobre horizonte nuevo,
          sobre paisaje virgen,
          sobre sendero abierto...
Volviendo sin volver
pero volviendo.
Con la esperanza en pie
y tu promesa al viento.

Porque siempre al volver
nos esperan tus brazos, tus temblores,
          tu río desbordado, borbotones,
          el brillo de tus ojos, tus excesos,
          el perdón con que vistes nuestros ruegos.

Hay alguien siempre en pie
soñando mi regreso.
Allí estás tú.
Allí, tu encuentro.
Yo, torpemente, vengo;
Tú me alcanzas.
La vuelta fatigosa se hace danza.
El arduo caminar halla sosiego.

Y yo imploro llorando.
Y Tú, llorando, acoges.
El Amor.
Todo se torna anchura, pródigo Padre.
En todo sobreabundas, Padre mío.
Todo es volver
          como al mar vuelve el río,
          como al agua el sediento,
          como vuelve mi afrenta a tu perdón,
          como regresa el siervo malherido,
          como el bajel a tierra,
          como al pecho los niños,
          como abeja al panal,
          como tus hijos...

Quizá sí.
Quizá estemos volviendo
-Tú en el umbral-
          al abrazo más hondo de tu ternura,
          a la ternura más honda de tu abrazo...
Vueltos los dos, del todo,
como tus hijos...

Amén.



domingo, 3 de marzo de 2013

Servir desmoronado...



En medio de esta viña en que me encuentro
me descubro, Señor, higuera seca.
Sé que Tú me plantaste con esmero,
sé que pacientemente me has cuidado,
que has esperado años a mi vera
y me has podado,
soñando verme un día verdecido.
Pero fuera el invierno no se ha ido
-quizá nunca se vaya-
y no logro arrancarme las perezas,
los pesares,
y cubrirme de yemas y de brotes
que den paso a las brevas de la fe.

Hoy has vuelto a esta viña de tus manos,
me has mirado, Señor, entristecido
y he querido aprender a retoñar.
Pero fuera el invierno no se ha ido
y mi savia no corre con frescura.
Tú me ves árbol verde,
árbol cuajado,
vástago firme, tallo en plenitud.
Yo me siento, Señor, higuera seca.
Tú me sueñas tan alto,
yo me duermo sin sueños.
Tú no puedes salvarme
sin mí
por mucho que me quieras:
esta dura corteza que me encubre
sólo puede quebrarla el corazón.


Si regresas mañana a visitarme
y no hay higos, Señor, entre mis ramas,
¡préndeme presuroso con tu fuego!
Hazme leña de hogar,
calor de hoguera.
Si no puedo ofrecerme enfrutecido
quizá pueda servir desmoronado.
Zarza que no se agota
porque tuya es la llama.
Tronco ardido por ti
contra el gélido invierno,
despojado de mí
para alumbrar.

Seré, Señor, madera consumida,
madera caldeada en tu paciente Amor.
Esperaré sin tiempo, vuelto en brasas,
esperaré el milagro encandecido,
me dejaré cambiar.
No verán ya mis ramas el clarear de mayo,
quedarán los rescoldos en la lumbre de enero,
pero al llegar abril
regresaré a los campos,
me esparciré en la tierra
como don.
Me volveré ceniza
al pie de otras higueras
por las que sí vendrá la primavera.


Lee aquí las lecturas de este domingo...